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lunes, 19 de noviembre de 2007

El rompimiento

Cuando se está en ciertas relaciones se corre un peligro inminente. Las reglas internacionales gays se comienzan a romper: la linda ropa ya no es lo prioritario, los peinados versátiles se terminan y el flirteo de “por si acaso” disminuye. Es forzoso que los grandes bailes y salidas fuera de la ciudad sean menos frecuentes y que los presupuestos se vayan más en libros que en el goce de los platos de un buen restaurante.

Hay relaciones que quitan tiempo y espacio. Apartan los amigos y cuando uno se da cuenta los únicos pretendientes resultan ser hombres heterosexuales, que en un ataque de confusión terminan por decir “si yo fuera gay me cuadraría contigo” o “¿por qué no eres mujer?”. Si, este tipo de relaciones confinan, corrompen, confunden, agotan y hacen que uno termine expuesto en el mercado equivocado, nadie compra un Versace en una buseta.

Es una confesión. Hay momentos en los que el deseo más profundo es que se acabe, que los días de enclaustramiento se esfumen y que la fiesta continúe. Eso es lo que pasa con esta tesis de mierda, la amo, pero mi objetivo más claro es terminar pronto con nuestra larga y confictiva relación.

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